miércoles 20 de febrero

¿No es mejor aceptar el listado convencional de filósofos consagrados y mostrar a través de él la enorme parcialidad del mundo?

Cómo abordar la historia de la filosofía desde una perspectiva de género? De un tiempo a esta parte ha habido propuestas de recuperar filósofas a las que no se había prestado suficiente atención o ninguna. Reconforta encontrarse ahora en los nuevos cánones a mujeres como Aspasia, Hipatia, Catalina de Alejandría, Hildegard von Bingen, Wollstonecraft, Stein, Arendt, De Beauvoir o Weil, y su mera inclusión repara una parte de la injusticia histórica sobre la que está construido nuestro mundo, también el mundo de la historiografía filosófica. De todas maneras, el hecho de que la lista de voces femeninas silenciadas sea muy corta no se debe solo a que quienes elaboraron esa lista no se fijaran en las filósofas valiosas, sino sobre todo a que a lo largo de la historia han sido muy escasas las posibilidades que las mujeres han tenido de acceder a los lugares desde los que emitir su voz.

Reconozcamos, no obstante, que la idea misma de una lista es bastante patriarcal, como si el discurrir de la historia (en este caso, de la historia de la filosofía) fuera el recuento glorioso de figuras destacadas, lo que, en un mundo protagonizado por los varones no podía ser otra cosa que un ranking mascu­lino. El concepto de superioridad, preeminencia o excelencia es muy falocéntrico. Para tener una mirada más inclusiva sobre nuestro pasado, a mi juicio, la primera perspectiva que habría que corregir es precisamente esta de concebir la historia del pensamiento como una sucesión de momentos estelares, de pensadores destacados, desatendiendo otras formas de pensar más horizontales y compartidas. ¿Y si aprovecháramos la ocasión para entender el mundo más desde la perspectiva de nuestras prácticas culturales que como una sucesión discontinua de individuos célebres meditando en solitario? Contentarnos con modificar el listado podría incluso llevarnos a desatender la verdadera tarea crítica; sería algo equivalente a que hubiéramos entendido que el sufragio femenino resolvía toda la batalla de los derechos de la mujer.


Si, pese a todo, insistimos en dar la batalla por el canon, entonces deberíamos tener en cuenta que una “lista cremallera” de la historia de la filosofía tendría como efecto perverso edulcorar la desequilibrada realidad de un mundo que fue pensado por y para los varones. ¿Corregimos la historia de imposición, sometimiento y exclusión otorgando un protagonismo a quienes de hecho no lo tuvieron porque no pudieron acceder a los lugares —academias, cátedras, universidades— en los que se decidía ese protagonismo? Dudo mucho de que el mejor medio para combatir una desigualdad de ahora en adelante sea contar el pasado como si esa desigualdad no hubiera tenido lugar. No hacemos justicia a las víctimas si, mediante la magia de una historiografía militante, las convertimos en actores principales de un pasado que desgraciadamente no protagonizaron.