No pensamos igual: disculpen, somos libres

Y entonces, amigas, cuando ya creíamos que había llegado la hora de aflojar y de empezar a desprendernos de la mayoría de los prejuicios y presiones con las que nos cargan desde hace siglos, nació una imposición nueva, caprichosa y absolutamente imposible de cumplir. Ahora que la mayoría entiende que salir a reclamar por los derechos de las mujeres es sustancialmente una pelea por los derechos humanos y no una frivolidad intelectual, resulta que a las mujeres nos exigen -además de todo lo que aún se nos exige en los diferentes órdenes de nuestras vidas- que pensemos igual. Todas.

En determinados ámbitos se naturalizó reclamarnos que pensemos igualitas las unas a las otras y dicen que nos quita seriedad mostrar fisuras en el llamado «colectivo» de mujeres. Se supone que porque somos todas mujeres -¿todas iguales?- y ahora, a fuerza de reclamarlo con la palabra, la acción y los cuerpos muertos que se siguen apilando, conseguimos un lugar en la agenda pública, debemos demostrar unidad de criterio y una mirada unívoca sobre las cosas del universo. Lamento decepcionarlos, amigos: no sucederá.