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lunes 25 de octubre de 2021
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Odio y verdad

Hace unos días me tuve que ocupar de demostrar quién soy para que Twitter comprobara que uno que decía que era yo mentía. Me sorprendió la facilidad del trámite. Todo estaba previsto y formateado según esa cultura multiple choice que ya es la nuestra. Además de un par de datos personales, me pedían —en inglés— que subiera documentación con mi nombre y mi foto bien visibles, nítidos. Eso les permitiría confirmar que yo era quien decía ser y reconocerme el derecho de hacer la acusación que hacía (hay un impostor que usa mi nombre en Twitter) y pedir lo que pedía (la suspensión de la cuenta de mi falso yo). Sugerían el registro de conductor, por ejemplo. El ejemplo me pareció un poco norteamericano, pero obedecí y lo subí. A los dos días me agradecen que les “haya llamado la atención” sobre todo este asunto y me dicen que la documentación presentada —unfortunately— no es suficiente para confirmar mi identidad. Subo entonces mi pasaporte argentino y mi DNI. Veinticuatro horas después me contestan con el mismo texto que la primera vez.

Me exaspero un poco. La rápida consulta que hice en el interín con un amigo que pasó por las mismas no me dejó tranquilo. Su intercambio de mails con Twitter (que me reenvía: un documento de contemporaneidad extraordinario) es largo, desesperante, inconcebiblemente personal. Hola, allí. Un poco cansado de todo esto. Cosas así, comprensibles y estériles. La conclusión de mi amigo es que no suspenderán la cuenta hasta que el impostor no confiese en línea (en vivo y en directo) el delito de robo de identidad que está cometiendo. Por ejemplo, diciendo la frase fatal: “Yo soy Alan Pauls”. Sólo entonces, dice, los agentes undercover de la policía pajarito lo esposarán. Para lo cual habrá que montar antes en la red un ubicuo cerco de tuiteros amigos más o menos conspicuos que, repitiendo como un mantra la advertencia “Alan Pauls no es Alan Pauls”, inducirá al impostor a pisar el palito y ser sorprendido con las manos en la masa.

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