martes 30 de noviembre de 2021
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Orgullo y hambre

Al principio, hubo un cuerpo desbordado; cuerpo traidor y extrovertido, con cara de puto y pinta de trava. Cuerpo de mujer machona, o cuerpo curioso que imaginaba pasarelas del mundo y escondía su deslices de manequeen. Al principio, en aquellas infancias, hubo un cuerpo que actuaba su debido enciclopedismo y reservaba sus patadas de pelota o su cola parada frente al espejo para un mejor momento, un día de justificia final en el que vivir así, sin necesidad de género, fuese posible.

La historia de un cuerpo visto como desajustado es la historia misma de la diversidad sexual, colmada de arrebatos autoincriminatorios, arranques en los que el cuerpo informa -involuntaria pero definitivamente- su indisciplina. Cuerpo delator. El tono de voz, los movimientos de la manos, las formas de sentarse o los modos de permanecer quieto. La acción y la inacción. La caminata “masculina” o el bailoteo melodramático escondido en el baño; el quiebre secreto de caderas, la “pinta de chabón” frente al espejo o el viaje furioso arriba de un par de zapatos de taco altísimo. Los escupitajos “de varón” contra alguna pared lejana hasta que la noche del mundo provea consuelo. El orgullo es haber crecido en esa distancia con el resto. Marcas de una diferencia indeleble. El orgullo es esa fractura expuesta.

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