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sábado 16 de octubre de 2021
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Pagar 200€ por vendimiar y otros hitos del turismo «experiencial» en la era del tardocapitalismo

Hace algunos años Sting propuso al conjunto de la raza humana un trato difícilmente rechazable: vendimiar su finca, coqueta y pintoresca como todas aquellas que se desperdigan por la Toscana, por unos 260 euros al mes. Si el lector despistado considera que el pago por tamaña tarea es injusto, está en lo cierto, pero Sting no andaba por aquellos derroteros. Se refería a que nosotros, humanos corrientes, podíamos pagar 260 euros por el privilegio de partirnos el lomo en sus viñedos.

La historia se hizo viral rápidamente, como no cabría ser de otro modo. Sting, luminaria de la solidad y avezado hombre de negocios, vendía su particular oferta como una «experiencia» de carácter terapéutico. No era un trabajo, sino un momento único en la vida que podía reconciliarnos a nosotros, potenciales vendimiadores, con nuestro propio yo. Recogiendo sus uvas, nos decía Sting, nos estaba haciendo un favor. Sus viñedos tenían propiedades curativas, y él los comercializaba.

Ha sido quizá el mejor ejemplo de la menuda confusión entre trabajo, experiencias y servicios que nos ha regalado el capitalismo tardío. Pero no el único. De un tiempo a esta parte han proliferado otras formas de hacer turismo y aprender sobre la vida rural de nuestros antepasados que, a ojos de cualquier hombre o mujer que haya vivido lo suficiente, sólo podría considerarse como un timo, o poco menos que un curro. De forma un tanto poética, el mundo rural se está cobrando su debida venganza con la generación Mr. Wonderful y los ingenuos urbanitas.

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