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sábado 24 de octubre de 2020
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Pandemia de pantallas: la verdad está fuera del algoritmo

La sensación es auténtica: la vida se dividió en dos. La anterior —biológicamente protegida— contrasta con esta, paranoica y frágil, amenazada no solo por un virus, sino por la digitalización acelerada de la realidad. En un mundo donde lo colectivo fue suspendido por el distanciamiento social y lo público trasladado sin anestesia al espacio de las pantallas, cabe preguntarse por el lugar de la veracidad. Puertas adentro, la adicción por navegar sobre noticias catastróficas —ahora llamada doomscrolling—, la orientación drástica de las vidas social, familiar, laboral y académica a los márgenes de los dispositivos y la propagación de la infodemia en los meses más agudos del confinamiento, han roto los puntos de contacto con la realidad. Aunque la hiperconexión lo contradiga, estamos solos en una tarea muy difícil: la interpretación del mundo.

En la soledad de las pantallas, la opinión es noticia y el universo emocional de unos se acumula sobre la realidad de otros. La crisis de desconfianza hacia los gobiernos, los medios y cualquier instancia de decisión en torno al COVID-19 ha tenido como base, además de la desinformación, el derecho a una verdad propia, estimulada por un uso socialmediático de la razón que no busca otra cosa que la confirmación de sus propios supuestos. El “yo creo en lo que veo” parece más sospechoso en un contexto de aislamiento preceptivo e hiperconexión. La señal de alarma está en la dificultad de articular un sentido frente a la rapidez con que los hechos y los juicios se contagian y se reorganizan. Una consecuencia más del avance exponencial de la viralidad.

washingtonpost.com  (www.washingtonpost.com)