martes 27 de septiembre de 2022
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¿Para qué sirve la hermandad latinoamericana?

La integración en América Latina, particularmente la promovida por los gobiernos de centroizquierda y progresistas, está en crisis. Y es que las urgencias materiales y domésticas mandan. A ellos se les aplica la máxima de Hegel: «Buscad primero comida y vestimenta, que el reino de Dios se os dará luego por sí mismo». Centrados en resolver las urgencias de sus comarcas, los gobiernos progresistas latinoamericanos ya no encuentran incentivos en el vecindario.

La escena internacional es, evidentemente, tormentosa. Para América Latina, implica capear las tensiones del ascenso de China –uno de los principales socios comerciales de la región– y el declive relativo de Estados Unidos. Se trata de dos potencias imbricadas que, por momentos, esbozan intentos de desacople y que demandan al resto de las naciones relaciones monogámicas. Cada país atiende su juego, y solo en los momentos en los que la culpa (o el cliché) los invade, los mandatarios progresistas repiten viejos mantras sobre la «hermandad latinoamericana». Esta aparece como un vínculo platónico, emocional y «superestructural» con los vecinos. Pero en un mundo entrópico nadie sabe muy bien para qué la quiere. Los saludos y las fotos compartidas entre los gobiernos englobados bajo las categorías de «nuevo giro a la izquierda» o «nueva ola progresista» –entre los que se incluyen México, Perú, Argentina, Chile, Bolivia y ahora Colombia– eluden la heterogeneidad y los escasos niveles de integración concreta entre ellos. Permanecen las palabras de rigor, pero faltan los hechos que las sustenten.

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