martes 24 de mayo de 2022
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Pasé semanas en el frente de batalla de Ucrania. Todo ha cambiado

Primero vino un zumbido; luego, la explosión un segundo después. Una tras otra. Una tras otra.

Estaba oculta en un refugio subterráneo, difícilmente podría llamarse un búnker: no tenía una puerta de entrada sólida ni un suministro suficiente de comida y agua. Los muros eran de madera y había dos camas improvisadas, un par de tapetes y unas sillas de madera. El lugar estaba desordenado con cargadores de celular e indumentaria militar —cascos, chalecos antibalas— desperdigados por doquier. Había unas cuantas galletas y algunas barras de chocolate. Era el hogar de los militares ucranianos apostados en el frente de guerra.

El sonido de la artillería se hacía cada vez más fuerte. “Todos los días es igual”, me dijo con ánimo Denis Gordiev, un comandante de pelotón del ejército ucraniano. Yo había llegado con unos cuantos periodistas británicos a Pisky, un poblado a unos 10 kilómetros de la ciudad ocupada de Donetsk en el este de Ucrania. Eran finales de abril y Rusia ya había pasado a la segunda fase de su guerra: retirar a sus militares de las cercanías de Kiev y escalar sus ataques en el este.

nytimes.com  (www.nytimes.com)