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miércoles 27 de octubre de 2021
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Peleas, celos, traiciones y ambiciones: la relación entre los presidentes y sus vices en la Argentina

En pleno siglo XIX, si un presidente debía viajar al interior del país, debía delegar el mando en su vicepresidente, porque las semanas de ausencia en los tiempos de las galeras y las postas, sin contar las amenazas de ataques de indios o de salteadores de caminos, imponía que el vice asumiese el gobierno. Pero aún así, Domingo Faustino Sarmiento nunca delegó el mando en su vice, Valentín Alsina. A aquel nunca le cayó bien las opiniones de Alsina sobre distintas cuestiones de gobierno. Y el sanjuanino no se la dejó pasar. “Usted no se meta en mi gobierno; límitese a tocar la campanilla en el Senado durante seis años, y lo invitaré de tiempo en tiempo a comer para que vea mi buena salud”, fue su tajante indicación, muy propia del intratable carácter del presidente.

En nuestro país, entre 1853 y 2001 renunciaron cinco presidentes, asumiendo su vicepresidente. En dos casos fue por fallecimiento en el ejercicio del cargo. En el segundo mandato del radical Hipólito Yrigoyen, su vice Francisco Beiró, murió a los 51 años, antes de asumir. Otros vices a los que la muerte los sorprendió en el ejercicio de sus funciones fueron Marcos Paz, víctima de la epidemia del cólera el 2 de enero de 1868; Pelagio Luna, quien como presidente del Senado creó la Biblioteca del Congreso Nacional, murió en 1919 y Hortensio Quijano, un radical correntino que había apoyado a Perón en 1945, murió en 1952 en el inicio del segundo mandato presidencial. Por lo general el cargo quedó vacante, salvo en el caso en que Perón en 1954 llamó a elecciones para vice, resultando electo Alberto Teisaire, derrotando al radical Crisólogo Larralde. Con Teisaire, Perón se llevaría una sorpresa.

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