Peligros y placeres del consumo irónico

El consumo irónico es parte de la sensibilidad posmoderna: antes que rechazar el mal gusto de la sociedad de consumo, nos unimos a ella. No es un fenómeno nuevo pero las redes lo han potenciado. ¿A quién le conviene el consumo irónico? Los que miden el éxito en redes o los puntos de rating no le ponen adjetivos a qué hacemos con el bien más escaso que tenemos: nuestra atención. La segunda temporada de nuestro podcast Todo es Fake termina con una pregunta: ¿cuál es el peligro de reírnos?

Miramos programas de televisión para reírnos de conductores e invitados, retuiteamos gente que odiamos para burlarnos de ellos, seguimos la última pelea mediática entre dos figuras que nos caen mal para confirmar que ninguna tiene razón. Los consumimos, pero no en serio, ojo, de manera irónica.


El consumo irónico no es un fenómeno nuevo: en la década del 80, Ien Ang analizó cómo algunos espectadores de la serie dramática Dallas la seguían como si fuera una comedia, para reírse de los argumentos inverosímiles y la mala actuación de los protagonistas. “La actitud irónica le permite al espectador, de alguna manera, superar a Dallas, estar por encima de la serie,” al mismo tiempo que la disfrutan, escribió Ang. En la misma época, Abrevaya, Becerra, Castelo, Guinzburg y Repetto “pasaban revista” en la Noticia Rebelde, burlándose de las fotos y los títulos de tapa, haciendo cómplice al espectador.