Pelo Aprile, el último mohicano de la industria

A comienzos de los 70, Rubén «Pelo» Aprile abrió su primera disquería, un stand de feria frente a la sede del Racing Club de Avellaneda. Cuando se hacía de noche, después de guardar los discos en un armario, Pelo se sentaba sobre un parlante en la vereda, ponía «El hombre suburbano» de Pappo’s Blues y fumaba mientras contemplaba cómo se licuaba el tránsito por Avenida Mitre, soñando con las posibilidades de un futuro que todavía no veía con claridad, pero que iba a fusionar la vocación empresaria del padre que había perdido con la adrenalina detonada por esa guitarra eléctrica, el calor de las boîtes, el swing de los números, el brillo del vinilo, la textura rugosa de los billetes contados de a cientos, la potencia mágica de una melodía propagándose como peste por las radios del país. ¶ Nacido en 1950, Pelo se había criado en el barrio de Piñeyro, a pocas cuadras del Riachuelo. Su padre -ex director comercial de la empresa Supergas, luego dueño de una papelera- murió cuando él tenía 7 años. Vivía con su madre y sus hermanos y paraba junto a las vías del Roca o entre las mesas de billar y ping-pong del club Ajedrecista. En un momento de los 60, a los 12 o 13 años, «Pelito» (que heredaba el apodo de su hermano mayor, Jorge, el Pelo original) se inició en el arte de la selección musical: averiguaba qué música escuchaban las chicas del barrio y con eso iba a la disquería Roan, sobre Avenida Galicia, y compraba singles para animar los bailes de El Porvenir o los que empezaron a organizar en el Ajedrecista. Había una sola bandeja, así que ponía de a un disco por vez.