viernes 14 de diciembre

Pequeño manifiesto a favor del spoiler

El asesino es el mayordomo. Alguien tenía que decirlo. Si ésta fuera la reseña de una novela de Agatha Christie debería haber advertido: “¡Alerta spoiler!”. Pero no, es todo lo contrario. Es un pequeño manifiesto que busca discutir una tara de la época: la fobia al spoiler (un sustantivo derivado del verbo en inglés que significa estropear), tan paralizante como la que se tiene a las arañas o los aviones. Entre todas las conductas detestadas por la urbanidad civilizada, incluso más que sonarse los mocos con el mantel o cortarse las uñas en el colectivo, la peor es espoilear el final de una película o una serie: recibe la reprobación social inmediata. “¿Cómo que el villano es el padre del héroe? ¿Y que no estaban perdidos en una isla sino muertos en el limbo?”, se pregunta y se censura. El que devela la última revelación de una obra es tan reprobado como el que avisa al cumpleañero, con malicia o por torpeza, que le preparan una fiesta sorpresa. Pero el spoiler, acusado de ser amortiguador de emociones y asesino de sobresaltos, no es tan malo.


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