lunes 26 de septiembre de 2022
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Perú, un año de esperanzas y frustraciones

Ha transcurrido un año desde que el maestro de escuela, rondero, campesino y dirigente sindical Pedro Castillo asumió como presidente del Perú. En un país devastado por la pandemia y en medio de una crisis política sistémica, la elección de Castillo auguraba un período de polarización que prologaría la inestabilidad anterior expresada en la seguidilla de cuatro presidentes en cinco años. De un lado, la oposición clasista y racista de la derecha se radicalizaba al punto de desconocer los resultados electorales. De otro lado, la coalición de izquierdas llamada a sostener al mandatario se presentaba precaria, debilitada por el mismo Castillo que tejía sus propios círculos de paisanos y allegados.

Pero había razones para tener expectativas. Se trataba de un triunfo con una enorme carga simbólica, pues, por primera vez, el pueblo elegía directamente a uno de los suyos. Además, en un momento de crisis internacional, podría esperarse que la agresividad de las élites atenuara la situación y la sensatez se impusiera en el presidente y el campo progresista; como bien dicen, soñar no cuesta nada.

A doce meses de estos acontecimientos, los malos pronósticos se han cumplido y las esperanzas se difuminan. La oposición que gritaba fraude ahora busca destituir al presidente, sea por la vacancia parlamentaria o la inhabilitación judicial, contando con el apoyo activo de la fiscalía y los medios de comunicación. Por su parte, el gobierno que prometía cambios no termina de plantear un horizonte transformador, y menos ejecutarlo con un equipo coherente. La crisis de régimen sigue abierta; los poderes del Estado colapsan y son incapaces de generar consensos, mientras la ciudadanía acrecienta su desafección con la política.

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