viernes 14 de diciembre

Philip Roth: el coloso que miraba distinto

Son las doce y media de la noche y me acabo de enterar de que murió Philip Roth. Un amigo me avisó por Twitter mientras yo jugaba al pool online contra alguien de la India. Es probable que en vez de irme a dormir, como debería, pase la noche desvelado, leyendo obituarios online escritos hace años para un día como hoy. Y escribiendo esto.

Empecé a leer a Philip Roth a los diecinueve años. El primer libro que tuve de él es uno de los pocos que nunca releí: La conjura contra América (2004). Desde noviembre de 2016 a esta parte debe ser probablemente su libro más citado, porque ahí imagina una elección en Estados Unidos en la que un outsider de la política, con vínculos inocultables con la ultraderecha, gana la presidencia sorprendiendo a todos. Después de leer ese libro de golpe, en dos noches y media desesperadas, me despedí para siempre de esa tragedia insospechada que era no haber leído nunca a Philip Roth.


Su obra fue un antes y después en mi vida como lector. Como en mi casa no había una gran biblioteca ni yo había tenido una formación muy consistente en literatura —ni en ninguna otra cosa— comprar dos libros del mismo autor me parecía un poco redundante si no directamente ilógico. Mi razonamiento era: con tantos libros publicados en el mundo ¿vas a leer dos del mismo autor? No sé por qué pensaba así, quizás porque hasta ese momento debía haber leído quince libros en toda mi vida. El asunto es que después de La conjura contra América supe que tenía que leer todo lo que este señor hubiera escrito, hasta sus listas de mandados.

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