lunes 18 de febrero

Piglia, la memoria, la militancia “china” y la historia personal

A principios de año, casi por los mismos días en que Ricardo Piglia dejaba este mundo, leí la segunda entrega de sus diarios, ese artefacto extraño llamado Los diarios de Emilio Renzi (como el alter ego de muchos de sus relatos y novelas) y con el cual Piglia eligió ensayar su ás bien,particular versión de una vida tramada entre la memoria y la ficción. A ese segundo tomo, que cubre los años que van desde 1968 a 1975, Piglia le puso como subtítulo “Los años felices”. Se entiende fácil: son los años en que deja atrás las angustias de la primera juventud y comienza a vivir como escritor. También, claro, se entiende fácil el año con que cierra ese período: es justamente el anterior al golpe de marzo de 1976 y al comienzo de un giro existencial que arrastrará al autor de esos diarios junto al resto de sus compañeros, amigos, y completos desconocidos de cualquier lugar del país.

Leer un diario personal es una experiencia extraña. ¿Lo leemos porque nos interesa el autor que registra sus días o porque nos interesa la época y los personajes que aparecen mencionados? ¿Lo leemos como testimonio fiel o como una obra literaria emancipada, con su propia lógica, a la que no hay que exigirle otra cosa que buena literatura? En el caso de Piglia estas cuestiones se ven acentuadas. Todo su proyecto literario consiste, explicitamente, en el borramiento de las fronteras entre vida y ficción, o mejor, en la retroalimentación constante de vida y ficción. La memoria como creación. Porque ese circuito reproduce bien la forma en que funciona la memoria de cualquiera: nos contamos los sucesos de nuestras vidas y al contarlos inevitablemente, queramos o no, les damos una forma, los seleccionamos, los ordenamos, los convertimos en algo que ya no es el bloque macizo, informe, y caótico del flujo de las experiencias que vivimos. Sin embargo, siempre hay una historia.