Piñera ganó en un Chile envuelto por paradojas

La televisión y la prensa habían hablado de “la elección más incierta desde el retorno de la democracia”. Antes de la segunda vuelta, la corredora de bolsa Larraín Vial informó que cualquiera de los dos candidatos que ganara la presidencia en Chile lo haría “por un pelo de diferencia”. Tanto la candidatura oficialista como la de derecha procuraron tener apoderados en el máximo de mesas para defender cada voto. Días antes del domingo 17, el gobierno estableció conversaciones con ambos comandos para fijar un protocolo de comportamiento en caso de existir resultados muy cerrados y discutibles.

Pero durante este proceso eleccionario en Chile sucedió lo contrario a lo esperado. Si en la primera vuelta Sebastián Piñera sacó diez puntos menos de lo que indicaban las encuestas y el Frente Amplio —coalición de izquierda nacida al alero del movimiento estudiantil de 2011— duplicó la votación presupuestada, en el balotaje ocurrió justo lo contrario: Piñera obtuvo un 54,57 por ciento de las preferencias, casi 650.000 votos más que Alejandro Guillier, cuando se daba por hecho que esta carrera concluiría con fallo fotográfico.


A las 18:57 del domingo, sin embargo, menos de una hora después de comenzar el conteo y con un 82 por ciento de los votos escrutados, ya estaba claro que Piñera sería presidente de Chile por segunda vez. Apenas pasadas las 19:30 Guillier reconoció la derrota. Felicitó a Piñera “por su impecable y macizo triunfo”. Minutos más tarde aparecieron en la pantalla de la televisión divida en dos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera hablando por teléfono. Ella le deseó sus parabienes y él le pidió contar con sus consejos cuando la sucediera. La jornada electoral terminó así con una velocidad, civismo y calma impropias de una nación latinoamericana. Aunque algunos hubieran preferido que no fuera de este modo, Chile ratificaba su condición de país aburridísimo.