viernes 16 de noviembre

Poder opacado: qué pasó con Marcos Peña

Suele olvidarse: Marcos Peña fue declarado sucesor de Macri por el propio Macri. Lo ubicó oligárquicamente delante de María Eugenia Vidal y ni consideró la aspiración recurrente de Horacio Rodríguez Larreta. Menos una interna. Una declaración atrevida, innecesaria, hija de la fatuidad. Era cuando el Presidente gozaba de una supremacía eterna –según las encuestas–, se le garantizaba la reelección en el 2019 ante cualquier escenario y el dedazo futuro para designar a su heredero en las décadas siguientes. Como Onganía (“nos vamos a quedar diez años”), Alfonsín (encabezando el movimiento que incluía a todos), Menem (con reelecciones sine die) o los Kirchner en su dinastía constitucional. Ese destino manifiesto se decoloró gradualmente en el Gobierno, ayer mismo abundaban versiones sobre la renuncia del jefe de Gabinete: le cargan responsabilidades inciertas, se ha vuelto el pararrayos de todas las descargas eléctricas. Hasta despierta una piadosa contemplación ese rol de candorosa víctima.

Tal vez sea exagerado el rumoreo sobre la pérdida del cargo, pero la certeza colectiva indica que Peña no es el sucesor que imaginó el mandatario: nadie lo sospecha arrastrando multitudes. Si es que alguna vez se vislumbró esa posibilidad. Por el contrario, se devaluó como el peso en su propio ejercicio.


Para ser justos, sin embargo, lo de Peña no es una accidente personal: en la fotografía actual, ya ni Macri dispone de su propia suerte, cada noche se acuesta malhumorado en Olivos, con la cabeza revuelta por contingencias que no figuraban en su contrato de trabajo. Al menos, él nunca quiso leer esa letra chica del convenio.

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