martes 28 de junio de 2022
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Policías, fanes y bandidos: cómo sacar rédito político de una vergüenza nacional

Francia sigue atónita, sin poder explicarse, tres días después, cómo un evento de importancia planetaria como la final de Champions League ha terminado en semejante desastre organizativo. El golpe al orgullo patrio ha sido enorme. No solo porque se ha producido en Saint-Denis, Stade de France, donde Zinedine Zidane y los suyos se alzaron con su primer Mundial, sino porque el país está apenas a un año de acoger el Mundial de Rugby y, sobre todo, a dos años de los Juegos Olímpicos de 2024, una cita en la que se han invertido muchas esperanzas —y euros— para proyectar una Francia moderna al mundo. El mimado ‘soft power’ francés, en entredicho.

Sin duda, lo que pasó en Saint-Denis, una comuna al norte de París, ha generado un consenso de bochorno nacional. Las imágenes de los aficionados del Liverpool esperando interminablemente para entrar en el recinto, hacinados cerca de una valla periférica en la que una pequeña estampida podría haber causado muertos, dieron la vuelta al mundo y los informativos de media Europa abrieron al día siguiente con la policía gala cargando a diestro y siniestro, con porras y gas pimienta, incluso contra transeúntes ajenos al evento deportivo.

La noche de la final ya había comenzado con un retraso del partido que nadie podía explicar. A pesar de haber tenido apenas unos meses para organizar el partido, después de que se despojara de ese honor a San Petersburgo por la guerra de Rusia, la prensa especializada y los políticos coincidían en que era posible hacerlo bien, que ni mucho menos era un evento comparable a unos Juegos. Pero el resultado final ha sido un cruce de acusaciones en la que cada actor político ha escogido al culpable de su preferencia.

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