viernes 9 de diciembre de 2022
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¿Por qué agreden los activistas climáticos los museos?

Ante la estupefacción del público, dos jóvenes, dos activistas climáticos, lanzan líquido negro sobre un Klimt, sopa de tomate sobre un Van Gogh, o puré de patata, o de guisantes, sobre un Monet y, a continuación, se fijan con pegamento al muro o al marco del cuadro. La escena se repite con ligeras variaciones en museos de Viena, Londres, Milán, La Haya, Canberra, Potsdam, Florencia y Madrid. Una vez adheridos, los activistas tratan de emitir un mensaje en torno a la crisis climática. Los vigilantes de sala bloquean los intentos de grabación y elevan la voz para silenciarles. 

Las obras, en su mayor parte protegidas con vidrio, no han sufrido daños. Sin embargo, el impacto viral de estas actuaciones hace temer que los activistas no se detengan. Quienes les oímos lanzar el reto: ¿qué es más importante, el arte o la vida?, sentimos un desconcierto que nos lleva desde el rechazo al deseo de entender qué razones les proporcionan su irracional convicción.

Comprendemos la urgencia ante la inacción que emana de foros como el Cop27. Pero ¿por qué atentar contra una obra de arte? Y surge de nuevo la vieja cuestión que se repite cada vez que una ideología atraviesa la línea roja de la palabra: ¿se puede llegar a justificar el vandalismo?

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