Por qué casarte con un extranjero hace más feliz tu vida

Hace unos años, mi esposo y yo fuimos a un restaurante un viernes por la noche. Acababan de servirnos spritzes de Aperol —vivíamos en Ginebra, donde se habla francés y se beben cocteles italianos— cuando un hombre que no conocía se acercó a nuestra mesa. Comenzó a hablar. Mi esposo charló con él. Me dejaron de lado y solo pude pronunciar las palabras bonsoir y enchantée, pero jamás se dirigieron a mí. El hombre se fue del lugar y yo seguí siendo un objeto no identificado, sentada en esa silla… muda, anónima y molesta.