¿Por qué es tan difícil dejar de creer en la información falsa?

Para quien cree que el debate público debe estar basado en hechos demostrables, es entendible el desánimo frente al ascenso de la posverdad. Hace unas semanas, miembros de un sitio digital dedicado a verificar los discursos de funcionarios públicos confesaban su desazón en vista de la impunidad de políticos que continúan haciendo afirmaciones falsas, aun cuando sus mentiras hayan sido desmentidas. Si a esto le sumamos la amplia presencia de convicciones falsas en segmentos de la opinión pública, es entendible el escepticismo sobre el impacto de la verificación de hechos.

En medio de la explosión de las noticias falsas, redes sociales (Facebook), buscadores de internet (Google) y medios de prensa (BBC News) han instalado mecanismos de verificación de información. En la última década, en América Latina, también surgieron iniciativas dedicadas a verificar las declaraciones de políticos como la argentina Chequeado. Y, más recientemente, La Jornada lanzó un verificador de noticias que funciona en Twitter.


El contrapunto de esta tendencia es la proliferación de sitios dedicados a producir información falsa, ya sea para generar ganancias o formar opinión, alimentando la ignorancia y las pasiones ciegas. A estas usinas de mentiras se suman hostigadores y propagandistas digitales que, a sueldo o de forma voluntaria, siembran confusión difundiendo falsedades.