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miércoles 28 de octubre de 2020
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Por qué Louis C.K. es mejor que David Foster Wallace

Nos encanta destacar ante los demás. Distinguirnos del resto a base de excentricidades. Nombrar a Andréi Tarkovski como nuestro director de cine favorito, aunque lo que realmente nos guste sea inflarnos a palomitas viendo la última de Marvel; citar a Rothko como nuestro pintor preferido, pese a que al ver sus cuadros solo seamos capaces de visualizar una gran mancha naranja —como en aquel estupendo capítulo de Mad Men—; comentar con orgullo que hemos leído hasta tres veces La broma infinita, aunque en realidad nunca hemos conseguido pasar de la página 40.

Hay una corriente cultural —muy hipster ella, muy llena de impostura— que ensalza a todo creador que se adorna hasta el exceso. ¡Muera la frase simple, viva la subordinada! Una generación de “culturetas de festival” que glorifican lo barroco; lo rococó. Pero lo siento amigo: que le expliques a todo el mundo que tu novela de cabecera es El arco iris de gravedad no te hace más inteligente. No tienes porque hacer apología de la alta literatura si no es lo tuyo. Disfruta con los best sellers y concéntrate en los clásicos, porque seguro que tú formas parte de ese 84% que no se ha leído El Quijote y que nunca lo reconocerá en público.

Nunca he podido con Foster Wallace. Lo siento. Pido perdón. Solo he conseguido acabarme —a duras, muy duras penas— un cuento suyo incluido en una antología de autores norteamericanos. Decir esto en ciertos ambientes es cerrarte puertas, provocar miradas de desprecio. Pero ya no puedo aguantarme más. Tengo que gritarlo bien alto: ¡David Foster Wallace, eres (eras) un coñazo! Y no pienso volver a intentarlo con tus afectados libros. Hasta aquí hemos llegado.

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