¿Por qué no estalla?

La pobreza aumentó en 2018 pero la crisis no termina de desatarse. Las redes que sostienen las organizaciones territoriales desde hace 20 años y los programas sociales del gobierno funcionan como colchón de contención. Y los sectores populares saben, a diferencia de 2001, que si hay estallido lo pagan ellos.

Micki sabía que la plata que ganaba revolviendo basura y separando el cartón la tenía que dividir en tres. Una parte para comprar la comida diaria para sus cuatro hijos; la segunda para pagar el camión en el que viajaba con el carro y que la trasladaba desde Villa Fiorito hasta la zona de Barrio Norte en la Ciudad de Buenos Aires —allí se conseguía mejor mercadería—; y la tercera estaba destinada exclusivamente a las coimas que tenía que pagarle a la policía a cambio de que no le retuvieran la mercadería.


Haber salido a cartonear fue la última opción que tuvo después de que echaran a su marido que trabajaba como chofer en el Casino de Puerto Madero. Con el sueldo de Marcelo y algunas changas que hacía Micki vivían una vida digna en uno de los enclaves más populares de Lomas de Zamora. Creyó que el cartoneo iba a ser temporal. Mejor dicho: deseaba que la experiencia diaria de revolver los desechos junto a sus hijos — los cuatro pibes la acompañaban todos los días— fuera tan solo un mal sueño. Pero la pesadilla de 2001 para Micki y Marcelo, revolver cartón en una Argentina con niveles extremos de pobreza y desocupación, duró más tiempo de lo imaginado.