¿Por qué nos sedujo tanto la trama rusa?

Una amarga noche hace más de dos años malgastados, Donald Trump fue electo el presidente número 45 de Estados Unidos. Su victoria fue un escándalo político, una emergencia para la democracia y una vergüenza moral. Pero, según parece haber concluido el fiscal especial Robert Mueller tras una investigación decisiva, el triunfo de Trump no fue ilegítimo, pues no lo consiguió gracias a una trama de conspiración y de traición a la patria.

No hubo colusión. El presidente no fue un títere impuesto desde Moscú. Lástima, ¡no podemos echarle la culpa de todo a Vladimir Putin!


De hecho, el verdadero horror que causan los hallazgos de Mueller es que no hubo necesidad de que Putin moviera los hilos. Ahora sabemos que en nuestra incompetente democracia es posible que un hombre tan inepto como Trump adquiera con toda legitimidad las aterradoramente amplias facultades que confiere la presidencia sin la intervención de un titiritero extranjero.

Otro aspecto que causa horror es que perdimos una oportunidad histórica. Pasamos un par de años al acecho de los fantasmas imaginarios de la colusión e ignoramos por completo las debilidades estructurales que plagan a la clase dirigente de Estados Unidos, notorias en los partidos políticos y los medios, al igual que en el panorama económico desigual y, sobre todo, en la injusta maquinaria de su democracia.