miércoles 14 de noviembre

Por qué olvidamos los libros que leemos

Es bastante frecuente recordar los lugares en los que se ha leído: sobre la toalla en la playa y cerca de unos pinos; en unas gradas en un parque de atracciones; en un apartamento mínimo en la habitación desde la que se oía el tren; en la mesa de la cocina de la casa familiar. Sin embargo, cuesta un poco más recordar qué libro se leyó en qué lugar, quién era el autor, o el argumento. Aunque a veces se recuerda que tenía la portada roja o que era una edición de bolsillo.

Es decir, conservamos recuerdos de la sensación física de leer, pero menos de lo que se ha leído. “Casi siempre me acuerdo de dónde estaba y me acuerdo del libro. Me acuerdo del objeto físico”, le dijo Pamela Paul, editora de The New York Times Book Review, a Julie Beck en un reportaje en The Atlantic. Sigue: “Me acuerdo de la edición, me acuerdo de la portada, suelo recordar dónde lo compré o quién me lo dio. Lo que no recuerdo —y es terrible— es todo lo demás”. “Lo que más recuerdo de la colección de cuentos de Malamud El barril mágico es la cálida luz del sol en la cafetería los viernes en los que la leí antes del instituto. Le faltan los puntos más importantes, pero es algo. La lectura tiene muchas facetas, una puede ser la mezcla indescriptible, y naturalmente fugaz, de pensamiento y emoción, y las manipulaciones sensoriales que ocurren en el momento y luego se desvanecen. ¿Cuánto de la lectura es entonces una especie de narcisismo, un marcador de quién eras y de qué estabas pensando cuando te encontraste con un texto?”, escribe Ian Crouch en The New Yorker a propósito de leer y olvidar lo leído.


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