¿Por qué son tan tóxicos los grupos de WhatsApp?

Es simple. No estábamos preparados para los grupos de WhatsApp. Los veteranos, que atravesamos las violentas escaramuzas de Usenet y el IRC, a mediados de la última década del siglo pasado, aprendimos a los golpes una serie de lecciones. Eran golpes duros, que te dejaban grogui por varios días y te hacían pensar en que toda esa novedad de Internet, que horas antes te parecía una maravilla, era en realidad una cueva de malandras irrespetuosos, sociópatas verbales y trolls sin vida, pero más hostiles que un T-Rex con gastritis.

Poco a poco, trompada tras trompada, empezamos a cultivar normas convivencia, como la de no abusar del ancho de banda o no escribir todo en mayúsculas. Estas reglas de etiqueta se mantuvieron más o menos en vigencia, migrando de plataforma en plataforma, como una suerte de tradición de la Red, incluso cuando el número de sus usuarios, a principios de este siglo, se disparó. Entonces apareció WhatsApp y, literalmente, explotó todo.


De suyo, los grupos de WhatsApp son una gran idea, algo así como redes sociales hechas a la medida de las personas, al revés que Facebook o Twitter, en los que tenés tantos amigos como para llenar un teatro, una cancha de fútbol o una nación. No son amigos, lógicamente, sino contactos, pero pudimos procesar bien esa ambigüedad. Los grupos de WhatsApp son también una buena idea porque suelen fundarse con un fin específico.