¿Por qué Turquía se opone a reconocer el genocidio armenio?

    La airada reacción de Ankara a las palabras del Papa Francisco, que este fin de semana ha calificado las grandes matanzas de armenios del Imperio Otomano en 1915 como «genocidio», no resulta sorprendente. La posición oficial de Turquía ha sido siempre una negativa rotunda a aceptar dicho término, insistiendo en que las muertes se produjeron como consecuencia de la mala planificación de unas deportaciones ejecutadas en un contexto de guerra y justificadas como una necesidad militar.

    En la primavera de 1915, alarmadas por el curso de la Primera Guerra Mundial y ante la constatación de que guerrillas armenias estaban actuando abiertamente contra las tropas otomanas, a menudo en connivencia con las tropas rusas que avanzaban desde el Cáucaso, las autoridades militares turcas del Comité Unión y Progreso (los «Jóvenes Turcos») ordenaron la deportación de la población armenia de Anatolia a los desiertos de Siria, para limitar su apoyo a los guerrilleros. Se temía que las potencias aliadas utilizasen a los cristianos armenios como quintacolumnistas, igual que había ocurrido en los años anteriores en Grecia, Creta y los Balcanes.

    En el camino, cientos de miles de armenios perecieron de hambre, sed y terribles enfermedades, y por los ataques de milicianos kurdos y, en ocasiones, de las propias tropas turcas encargadas de proteger los convoyes de deportados. Aproximadamente un millón de ellos no llegaron a su destino (algunos historiadores elevan la cifra a entre 1,5 y 3 millones, aunque la mayoría de los estudiosos considera estas cifras algo exageradas).