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viernes 7 de mayo de 2021
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Precariedad hiperconectada: el teletrabajo no es tan bueno como lo pintaban

Casas que son oficinas, escuelas y hogares. Rituales cotidianos confundidos en una jornada laboral sin horarios ni límites: cocinar, atender juntas, enviar reportes, limpiar la sala, cumplir objetivos. El teletrabajo (o home office), acelerado por la pandemia, es más que “trabajar desde casa”: supone un cambio en las formas en que el espacio doméstico, la vida privada y la productividad laboral se relacionan. En la era de los dispositivos integrados, la casa parece haber ampliado también sus funcionalidades: hoy es el lugar donde se cumple con mayor exactitud aquello de “vivir para trabajar y trabajar para vivir”.

En América Latina la contingencia sanitaria y corporativa no dejó espacio para la transición: obligó a convertir súbitamente la mesa del comedor en un mobiliario de oficina. Argentina y México fueron los países de la región que más rápido se adaptaron a la dinámica del teletrabajo. Los siguieron Brasil, Ecuador y República Dominicana. El futuro del trabajo —uno que pintaba mejor— parecía haber llegado de golpe: oficinas remotas, horarios fluidos, métodos más flexibles de supervisión. El alcance de metas semanales por encima de los lectores de huellas, las firmas de asistencia y otros métodos de control de los cuerpos. La conquista, al fin, de una jornada donde productividad y autonomía se encontraran.

washingtonpost.com  (www.washingtonpost.com)