jueves 18 de agosto de 2022
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Preguntas existenciales para el estatalismo nostálgico

Los amargos reproches de Cristina Fernández de Kirchner contra su propio Gobierno mantuvieron entretenido durante toda la semana al círculo rojo, pero están preñados de preguntas mucho más trascendentes que el tironeo mezquino entre intendentes y organizaciones sociales por los programas de empleo o el reparto de culpas por el vacío de las arcas del Banco Central. Son interrogantes que la vicepresidenta planteó apenas de modo lateral y que no solo proyectan su sombra sobre las próximas elecciones sino también sobre el porvenir de las dos fuerzas que se repartieron el poder después del estallido social del 2001-2002. Preguntas existenciales para un estatalismo nostálgico que parece ignorar dos datos clave: los cambios estructurales del país y el mundo en esas dos décadas y el empoderamiento de una élite económica que logró independizarse de sus compatriotas a caballo de sus entramados offshore y su integración con el capital trasnacional.

La idea de que el Estado debe equilibrar la cancha entre débiles y poderosos es una marca de origen del primer peronismo que el kirchnerismo reeditó con éxito después del paro cardíaco que sufrió la democracia con los 39 muertos de la represión delarruista y los dos que sumó Eduardo Duhalde en Puente Pueyrredón. El primero y el segundo kirchnerismo, diría Matías Kulfas, trabajaron metódicamente para reconstruir esa autoridad en términos simbólicos y materiales. Lo que no lograron es evitar que ese rol de réferi sea ejercido por un Estado «estúpido», como definió el lunes la vicepresidenta. Una tara que trajo aparejada su jibarización deliberada durante los años 90 pero a la que tampoco ayudó que el Estado se mintiera a sí mismo desde el INDEC.

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