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martes 11 de mayo de 2021
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Presidente, un oído en el pueblo y otro oído en el precio de la soja

Todos somos bichos de calendario y diciembre es el mes de los balances. Una forma bien clara de hacerlos es el famoso “antes y después”. Una foto contra otra. Y en la foto de fin de año de 2020 la política parece más o menos igual que a fines de 2019. Alberto dio fin a un ciclo político –el macrismo– pero no creó el albertismo, así como Larreta no creó el larretismo o moderacionismo: el kirchnerismo sigue siendo el socio mayoritario del Frente de Todos y Mauricio Macri sigue ostentando su liderazgo opositor como dueño de la marca. Y la mitad de la política, aún en pandemia, funcionó como la interpretación de la frase de Confucio: “Cuando el sabio señala la luna el necio mira el dedo”, que se puede citar a la bartola pero a la vez contiene una verdad gráfica. El peronismo y el no peronismo se pusieron de acuerdo en algo: terminan el año unidos en sus propias fuerzas. Y esa unidad a su modo los une entre ellos: una política espalda con espalda que mira a la sociedad que deja la pandemia. Más allá del tercio de sus leales –esa famosa arquitectura entre el piso y el techo que ostenta cada uno– llega el 2021 con el llamado a saber qué hizo la sociedad con lo que el Covid hizo de ella.

Todos anhelamos tiempos comunes que, seguramente, no existían tanto. Del bardo venimos y al bardo vamos. Pero en esa falsa nostalgia se escribe una forma necesaria de normalidad perdida: el deseo de una política que resuelva los problemas a espaldas de la sociedad. Entre los muchos matetes que dejó la crisis de 2001 hay uno que quedó como reflejo: la política cree que la sociedad quiere saber todo. El afán de “transparencia” mal transpirado. Los periodistas porque quieren vender la mercancía de sus investigaciones o los políticos porque quieren vender cara la piel del oso para tener en el futuro cinco minutos de fama en Netflix. Hay una tendencia a hacer de la política el relato de la política. Vender las salchichas con su fórmula en el envase… y si todo se hierve en el agua caliente, no queda nada por inventar. La ya trilladísima moda de House of Cards presuponía el éxito del consumo de una realpolitik de masas. Pero la representación no funciona como transparencia, sino como cruz: a los políticos les toca hacer el primer gasto. No me cuenten los problemas, cuéntenme las soluciones; ése es el grito tapado de algo que no es una segunda ola de anti política sino un riesgo mayor: el puro escepticismo. Y cualquier sociedad espera que la política solucione la crisis, no que se la expliquen. De ahí que algo que es una solución como las benditas vacunas, un poco se relató encima (a favor y en contra). Puede parecer mucho pedirle a la política que sea híper representativa y a la vez que haga gestos demagógicos contra sí misma, pero sólo cabe en el contexto en donde le pidieron a la sociedad que deje de vivir como tal. Si no hay territorio, dame al menos el mapa.

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