viernes 14 de diciembre

¿Puede la ficción ayudarnos a combatir el cambio climático?

Hace cerca de 200 años, en una isla remota de Indonesia, el infierno se desató en la Tierra. Un gran estruendo anunció el avance de la oscuridad: a las 7 de la tarde del 10 de abril de 1815, una explosión sacudió a Sumbawa, en el archipiélago por entonces conocido como las Indias Orientales Neerlandesas. Por más de dos horas, el volcán Tambora vomitó a la atmósfera columnas de cenizas y rocas, días antes de volar por los aires y aniquilar toda la vegetación. Fue la erupción volcánica más grande conocida de los últimos mil años, la más devastadora: murieron 71.000 personas en la región que, desde aquella época no tan lejana, se conoce como la “Pompeya del Este”. Hubo tsunamis, hubo hambre, enfermedades y migraciones forzosas. Hubo desolación.

Todo el mundo sintió la furia contenida del volcán durante meses. Las cenizas y millones de toneladas de dióxido de azufre arrojadas envolvieron el planeta como un velo, reflejando la luz solar de tal manera que la temperatura global disminuyó casi tres grados. El sol pareció apagarse y no faltó quien asegurara que estaba al borde de la extinción. En Europa, de mayo a septiembre de 1816 cayó una incesante lluvia y se sucedieron las heladas. El verano nunca llegó y las cosechas se arruinaron, provocando la peor hambruna del siglo XIX. Los precios de alimentos como la avena se dispararon, haciendo que fuera extremadamente caro tener caballos para moverse. Como respuesta, el inventor alemán Karl Drais se inspiró y desarrolló la Laufmaschine (“máquina para correr”), precursora de la bicicleta actual.


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