viernes 31 de marzo de 2023
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Qatar, el gas, Houellebecq y las cebras

Profesor en la Universidad de Bonn, pero persona no grata en el Tercer Reich, el filólogo Ernst Robert Curtius dedicó los años peligrosos del nazismo a investigar y a escribir una historia de la tradición las imágenes, metáforas, conceptos, lugares comunes de las narrativas y argumentaciones de Occidente desde la Antigüedad. Especialista en la literatura europea más rabiosamente contemporánea entonces, había huido de este campo minado y elegido un tema y problema clásico y medieval alejado del belicoso presente y aun de la lengua alemana.

No hizo falta que amenazaran con tarjeta amarilla para desistir de la idea de colocarse un brazalete arcoirisado en su defensa, como desistieron los capitanes de las Selecciones nacionales advertidas por la FIFA en Qatar de la punición que esperaba a su osadía. Porque a orillas del Rhin, en la primera mitad de la década de 1940 a nadie se le habría cruzado por la mente protestar ante las autoridades y defenderlo a Curtius si fructificaban las denuncias anónimas que recibía la Gestapo. Si las SS le cosían en la ropa al Herr Professor destituido un tríángulo rosa, el equivalente funcional de la estrella amarilla obligatoria para los judíos. Si lo deportaban al campo de exterminio.

Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Curtius publicó el gran libro de su largo estudio. Nien la República Federal de Alemania (occidental, capitalista) ni en la República Oriental (oriental, comunista). Publicó Literatura europea y edad media latina en 1948 en Francke, editorial erudita de la germanófona Berna, la ‘Ciudad Federal’ suiza. Sonaba menos igualitario hablar de ‘Capital’.

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