martes 24 de mayo de 2022
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¿Qué impide realmente el cierre de Guantánamo?

Siguiendo la moda impuesta por los presidentes modernos y a falta de tan solo nueve meses para dejar el cargo, Barack Obama ya está planeando el complejo post-presidencial que llevará su nombre, compuesto por una biblioteca, un museo y una fundación. Este tipo de instituciones parece aumentar su opulencia y su aire imperial a medida que pasan los años y las administraciones. Según parece, la voluntad de Obama dejará pequeños los 300 millones de dólares recaudados por George W. Bush para su versión de esta institución, pues se propone dedicarla entre 800 y 1.000 millones de dólares. Con estas perspectivas para su futuro posterior a la Casa Blanca y siendo su presidencia ya casi parte de la historia, está claro que últimamente ha estado muy ocupado con “su legado”. Y, en lo referente a política exterior, es evidente que puede alardear de haber conseguido algunos logros. Dos de los más obvios son el acuerdo nuclear con Irán y la apertura a Cuba. A su manera, ambos suponen un punto de inflexión que rompe con relaciones envenenadas que se prolongan, en el caso de Irán, más de tres décadas y media y, en el caso de Cuba, más de medio siglo.

Ya pueden imaginarse las exposiciones dedicadas a celebrarlas en el Centro Presidencial Barack Obama, que se levantará en la parte meridional de Chicago. Pero es difícil no preguntarse cómo manejará dicha institución las tres grandes promesas de política exterior que el nuevo presidente realizó en los tiempos lejanos de 2008-2009. Después de todo, lo que en gran medida le llevó a la presidencia fue su atrevida promesa de acabar la catastrófica guerra de George W. Bush en Irán: “Así que, cuando sea comandante en jefe me propondré desde el primer día de mi presidencia un nuevo objetivo: acabar esta guerra”. Nueve años más tarde, está llevando otra vez al país al “lodazal” de una guerra en Irak, la tercera o la cuarta en las últimas cinco presidencias (dependiendo de si contabilizamos el apoyo de la administración Reagan a la guerra de Saddam Hussein contra Irán en los ochenta). En este momento, cuando acabamos de enviar a Qatar los B-52, el bombardero clásico favorito de la era de Vietnam, como contribución a esa iniciativa bélica y nos encaminamos a una ampliación gradual aún mayor de nuestra implicación en el lodazal de Irak, probablemente estemos hablando de una futura exposición museística del infierno.

Pero no llegará a la altura de la exposición especial que algún día, sin ninguna duda, explorará la promesa sincera del presidente de esforzarse al máximo por reducir el arsenal atómico estadounidense y global y situar al planeta en la senda de la abolición nuclear, un término que nunca jamás había rondado el despacho oval. Las ambiciones desarmamentísticas del presidente fueron, de hecho, responsables de que recibiera el premio Nobel de la Paz en 2009, un honor concedido, prácticamente en exclusiva, antes de que realizara cualquier logro. Ahora, ese mismo hombre preside un plan de renovación y modernización del mismo arsenal nuclear presupuestado en 1 billón de dólares para las próximas tres décadas, en el que se incluye el desarrollo de una primera generación de armas nucleares “inteligentes”, potencialmente de primer uso. No cabe duda de que la evolución del primer presidente abiertamente antinuclear merece un lugar especial de (des)honor en el futuro Centro Obama.

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