Que Página/12 pida perdón

Es difícil explicar qué es el racismo. Todos lo mencionan, pero nadie parece verlo ni oírlo, aún cuando es tapa de diario. Es difícil explicar lo que es el racismo porque es algo que se siente desde muy chico, cuando nacés del lado equivocado de la línea que divide a los normales de los otros. Las cualidades físicas -como los ojos rasgados, el color de piel, el pelo- son solo recordatorios públicos. Pero hablar de racismo sería hablar de lo que duele de verdad, que es lo que pasa adentro.

Mis papás vinieron de Corea. Nací y fui al colegio en Rosario, donde me acostumbré a pedir disculpas. Porque cuando nacés en una minoría, te acostumbrás a disculparte por no ser igual a los demás. “Qué mal que jugás al fútbol, che, no te tenía que elegir”, “¿no sabés quién es Carlitos Balá?”, “¿qué es ese olor que larga tu heladera?”, “¿por qué tu mamá habla tan raro castellano?”. Con o sin enojo de por medio, lo que sale de tu boca por reflejo es decir “perdón”. Por no entender, por no pertenencer, por no ser.


Me llenó de bronca, enojo y angustia ver esta tapa. No voy a escatimar emociones en eso. Me enmudecí, me enojé, se me encogió la garganta. En cualquier parte del mundo, el gesto de los ojos rasgados siempre tiene una sanción, una consecuencia. ¿Por qué? Porque es utilizado para dejar de manifiesto que yo, blanco occidental, no soy igual a vos, oriental de ojos rasgados. Es minimizar al otro y a su cultura, con la liviandad que a veces nos caracteriza, sin entender todo el dolor que despierta.