¿Qué resto moral puede quedar para soportar la muerte gratuita de cuatro chicos “de a pie” que cantan en un Fiat 147 cerca de una laguna de la pampa?

En unos meses se cumplirán treinta años de la publicación prácticamente inhallable de la revista El Paseante N° 17, editada por Siruela, en la que Guillermo Cabrera Infante escribió “The Lynch Mob”, un artículo sobre David Lynch ilustrado en la tapa con el rostro lívido de Laura Palmer saliendo de un envase cadavérico, mientras se sueltan en nuestras cabezas las palomas de la necrofilia.

Como nos ha bien acostumbrado, la prosa barroca de Cabrera, iluminada por dentro por los haces de la inteligencia, la gracia y la erudición (los de un Borges cinéfilo, si lo hubiere), entra a su artículo de costado aludiendo a cuestiones de la historia de la violencia: “Cierto Capitán Lynch, infame, creó una especie de ley de fuga en la que los reos eran condenados sin otro juicio que el extremo prejuicio de Charles Lynch, que organizaba partidas de caza humana en el verano y en cualquier otra estación”. El deporte tuvo su origen en Virginia y se extendió por gran parte de Estados Unidos con una característica racial: “sus víctimas eran siempre negros”.


Antes de llegar al comentario sobre Eraserhead, de David Lynch (el objetivo que por momentos se pierde porque para Cabrera Infante escribir es perderse), salta hacia la literatura, de la que trae el recuerdo de Luz de agosto, de Faulkner, donde “se castra y se lincha a un negro con un arma blanca”. Luego regresa al cine para mencionar el núcleo narrativo y moral de The Ox-Bow Incident, de William Wellman, la película preferida de Clint Eastwood, que gira alrededor de un linchamiento meticuloso al tiempo que se lo condena.