martes 28 de junio de 2022
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Recomiéndame algo para no pensar: la incansable sed por contenidos positivos y amables

“Solía ocurrir que, al término de una conferencia, alguien viniese a felicitarme por lo ‘bonita’ que había sido o por cuánto le había emocionado. Generalmente, estas amables congratulaciones, lejos de complacerme, me producían el efecto contario; mi prurito profesional se resentía y lo recibía como poco menos que un insulto”. Esto lo escribió Chantal Maillard en Contra el arte y otras imposturas (Pre-Textos) pero podría haberlo dicho casi cualquier artista o pensador. Bonito. Agradable. Simpático ¿Acaso existen palabras más hirientes para un creador que oye hablar de su obra?

Lo bonito, lo que ayuda a pasar un buen rato y conduce a la evasión, arrastra una mala fama atávica. Este año, la batalla final por el Oscar a la Mejor película volvió a inscribirse en esa dicotomía tan antigua. En la semana anterior a los premios, quedó claro que todo se dirimía entre CODA: los sonidos del silencio, la película feelgood de Sian Hêder sobre una adolescente oyente, hija de dos personas sordas, y El poder del perro, de Jane Campion, que se entendió como una película mucho más cruda, un western tardío sobre la masculinidad sin reformar.

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