lunes 10 de diciembre

Recorrer los campos nazis para frenar el aumento del odio

Los adolescentes no se detuvieron a pensar luego de ver el paredón ni la cerca eléctrica. Ni siquiera cuando les describieron el olor de la carne humana quemándose día y noche.

Pero luego vieron las literas.


Hechas de madera, con formas toscas, las literas lograron hablarles a los estudiantes de bachillerato que visitaban el campo de concentración Sachsenhausen como ningún libro de historia lo había hecho. “Así es como vivían”, susurró Damian, de 15 años, mientras observaba las estrechas filas de literas de tres niveles sin escaleras.

Cuando Jakob Hetzelein, profesor de Historia de un distrito de clase trabajadora en el noreste de Berlín, decidió llevar a sus estudiantes a Sachsenhausen, que se encuentra a unas cuantas estaciones del tren suburbano desde la capital alemana, no estaba seguro de cuál sería el resultado.

Los alumnos habían asistido a sus clases sobre la Alemania nazi con poco entusiasmo. En una elección simulada en clase, varios estudiantes apoyaron al partido nativista Alternativa para Alemania. Hace poco, a un chico lo sorprendieron garabateando una esvástica en la chaqueta de un amigo. Otro imitaba a Hitler cuando creía que Hetzelein no lo estaba viendo. Se ponía el dedo índice izquierdo bajo la nariz y extendía el brazo derecho.

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