Reperfilados, atornillados y agazapados contienen la respiración hasta el 28-O

La pax cambiaria que enhebraron en tándem Hernán Lacunza y Guido Sandleris al abjurar de todo el dogma libertario del capital y abrazar los controles a los que antes aludían como instrumentos de «represión financiera» empieza a mostrarse endeble para observadores a ambos lados de la grieta. Aunque tanto el ministro de Hacienda como el presidente del Banco Central vuelan a Washington el miércoles próximo para la que casi seguramente será su última asamblea del FMI como funcionarios, ninguno espera traer de regreso el sábado más que una foto con Kristalina Georgieva. Mientras tanto, grandes inversores locales y fondos de inversión de Wall Street observan con preocupación una coincidencia entre analistas tan disímiles como Domingo Cavallo y Emmanuel Álvarez Agis: a la hora de trazar escenarios posibles para los próximos meses, ninguno excluye la alternativa de una espiralización de la crisis.

Parece un revival de junio de 2017, cuando Carlos Melconian profetizó: «Ojo porque se puede ir todo a la mierda». Anestesiada, la corrida cambiaria corcovea cada vez que el Banco Central intenta bajar unas décimas la tasa de interés de las Leliq y la tensión crece a medida que se acercan las elecciones. Algunos días, para peor, recrudece la salida de depósitos en dólares de los bancos, que ya perdieron un tercio de lo que tenían el 11 de agosto. Esta vez no es porque haya incertidumbre respecto de un resultado irremontable sino por dos interrogantes principales: quién manejará el joystick de la economía entre el 28O y el 10D -son 30 días hábiles, una eternidad- y cómo se administrará el desbande político del oficialismo, especialmente en los tribunales.