lunes 26 de septiembre de 2022
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Resistiendo con ajuste

La ampliación de indagatoria sui generis de Cristina Kirchner en el juicio de “Vialidad” pareció dejar una conclusión: detrás de cada licitación nace un negocio, crece un corrupto, se desarrolla una causa y muere un relato. No importa si la narrativa pertenece a la tradición republicana o la épica nacional-popular porque en la Argentina “así funcionan las cosas”. Antes de la noche de furia en la que José López salió endemoniado y “con lo puesto” (nueve millones de dólares y una ametralladora) hacia el famoso convento de las carmelitas calzadas, las relaciones personales con el secretario de Obras Públicas eran un viaje al fin de la grieta. Los abundantes intercambios de mensajes con empresarios macristas que la vicepresidenta ventiló en su defensa —tan familiares como “encontrémonos los dos”, “cenemos los tres” o “seamos felices los cuatro”— eran en el mismo acto una denuncia y una autoincriminación. Porque si bien es cierto que para bailar el tango de la manganeta hacen falta dos y, por ende, es necesaria la participación de los empresarios que coimean, también es verdad que todas las tropelías que le adjudicó al agitado José López tuvieron lugar bajo su administración. En síntesis, en su cadena nacional de hecho, Cristina Kirchner no se limitó a redireccionar las imputaciones hacia sus adversarios políticos, sino que dejó en evidencia la íntima relación de altos funcionarios de su gobierno con poderosos empresarios vinculados al macrismo. El famoso poder detrás del poder concentrado en un teléfono rojo.

Pese a todo, el contragolpe desplegado con un gran olfato táctico por parte la vicepresidenta se apoyó en las fragilidades de los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola que estaban desbordados de intereses políticos, vínculos íntimos con los jueces y revolcones deportivos en la quinta de Mauricio Macri. Allí se amontonaron todos los cracks que no llegaron y tuvieron que conformarse con un Liverpool de cabotaje y con aire de familia.

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