martes 28 de junio de 2022
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Scaloni nunca duerme

Es de noche. Pero ya es de día. El celular marca las tres y cuarto de la madrugada. Se abre la puerta de un cuarto de la concentración de Bronnitsy. En Rusia, en verano, el sol es tan ansioso como el tipo que entra. Todo chivado. No se podía dormir y se fue a hacer bici al gimnasio. Se pega una ducha. Se acuesta. Agarra el control remoto. Prende una repetición de la Fórmula 1. Llama a su esposa. Habla con su hijo mayor. Lo manijea para el partidito que tiene en un rato. Se pone la Mac en el pecho. Mira un entrenamiento. Marca un error de un volante central. A los gritos. Al rato, no solo está desayunando: Lionel Scaloni está discutiendo con alguien sobre el tema que fuera.

¿Cómo puede ser que un tipo tan intenso sea tan tranquilo dentro de la cancha?
Suele suceder que uno a lo mejor sea lo contrario y después se transforme en la cancha. Mi manera de ser es hasta que arranca el partido. Así podamos gritar o no, al fin y al cabo es lo mismo. A mí me gustaban los entrenadores que estaban tranquilos.

Al estadio del Leipzig todavía no lo compró la energizante Red Bull. Es 24 de junio de 2006, Lionel Messi y Juan Román Riquelme están cumpliendo años. Explotan las primeras notas del himno nacional. Le transpiran las manos. Se pregunta: “¿Quién mierda me mandó a ser jugador de fútbol?”. José Pekerman decidió que Scaloni será su lateral derecho en el cruce de octavos de final contra México. Le corre un frío por la espalda que culmina en cuanto la pelota empieza a moverse. No sabe que está viviendo una clase de cuánto pesa esa camiseta. Hasta que Maxi Rodríguez rompe los planetas. La clava en el lugar imposible al que no llega Oswaldo Sánchez. Se queda parado en quinta, levanta los brazos y por él viene Messi. Se abrazan. Dentro de quince años, tendrán abrazos todavía mejores.

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