Se ramifican los lazos del espía D’Alessio con la Justicia

Es inevitable que, en las sociedades infectadas por la corrupción, la política se judicialice. El poder se disputa en los tribunales. Una consecuencia lamentable de esa desviación es que la opinión pública comienza a presumir, con razón o sin ella, que la Justicia se ha politizado.

Los líderes sometidos a procesos alimentan esa percepción. Pretenden que su feligresía crea que las investigaciones son patrañas orquestadas por sus rivales. Y lo logran. Cada tribu consiente esa ficción, para absolver los delitos de sus dirigentes. Y se embandera en el expediente que mortifica al oponente. La polarización electoral radicaliza esa tendencia. Cristina Kirchner atribuye la causa de los cuadernos, plagada de pruebas, a una maquinación oficialista. Aunque, para agradar a sus anfitriones caribeños, prefiere ser una perseguida del «imperio».


La novedad es que Mauricio Macri adoptó la misma lógica. Él ya venía adquiriendo algunos tics de su antecesora. Desde hace un tiempo se dirige a sus seguidores más acérrimos, como se vio en el discurso del Congreso. Esos simpatizantes, a su vez, se talibanizan, según indican las encuestas. El parecido con la expresidenta no es azaroso. La pérdida de flexibilidad es un síntoma típico de quienes cargan un alto porcentaje de imagen negativa. Cada jefe es un demonio para el grupo del antagonista. Y se ofrece a sus seguidores como el San Jorge que los liberará de ese dragón. Es una dialéctica tranquilizadora. Ayuda a cada bando a no interpelarse por las propias contradicciones. Con el costo inevitable de la infantilización.