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domingo 26 de septiembre de 2021
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Secuestros, monstruos y persuasión masiva: el cine norcoreano sigue siendo un enigma más potente que cualquier película

La ironía quiso que fuera con una película de lucha de clases. El 10 de febrero del pasado año, Corea del Sur hacía historia logrando el máximo reconocimiento en los Óscar con Parásitos, del director Bong Joon-ho, primera vez que un país de habla no inglesa (que no extranjero, puesto que Reino Unido ha ganado varias veces antes) se imponía en los casi 100 años de vida del certamen. Desde la deliberada ambigüedad del título, el argumento de Parásitos contraponía a una familia pobre con una familia acomodada para reflexionar sobre quién se aprovechaba realmente de quién: si los trabajadores que, gracias a su labor, disfrutan de los lujos de los ricos cuando no están en el hogar o, más bien, los ricos que se nutren del esfuerzo ajeno y las asimetrías sistémicas para disfrutar de una vida de opulencia.

Si no fuera por determinadas decisiones de estilo, como la de no incluir números musicales o no vertebrar la narración en torno a una analogía floral, la película bien podría ajustarse a los cánones del cine norcoreano fijados por el difunto dictador Kim Jong-il en su ensayo Sobre el arte cinematográfico, de 1973. “Cuando vean que el protagonista, al despertar su conciencia de clase y llenarse de odio hacia el enemigo, se alza en pie de lucha, los hombres conocerán diáfanamente qué es la revolución y por qué deben hacerla”, dejó escrito el padre del actual dirigente de Corea del Norte.

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