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lunes 21 de septiembre de 2020
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Ser periodista en Bielorrusia: blanco de la policía, desconectado y grabado por «mirones»

Tras 26 años de gobierno de Alexander Lukashenko, nadie tenía dudas de que el descontento estaba en aumento en Bielorrusia. Lo que ha sorprendido a los analistas tanto como a los propios manifestantes es la rapidez con que las protestas se han transformado en un movimiento que amenaza la continuidad del régimen. Los acontecimientos ocurridos en el país en las últimas tres semanas están entre los más fascinantes, rápidos e impredecibles de todos los que he cubierto a lo largo de mi carrera como periodista.

Llegué a Minsk el 11 de agosto, dos días después de que Lukashenko se declarara vencedor de las elecciones con un poco creíble 80% de los votos. Las fuerzas de seguridad reprimían despiadadamente las protestas que siguieron a la noche electoral. La noche en que llegué había policías antidisturbios con pasamontañas sacando de forma aleatoria a la gente de sus coches para golpearla.

Los que todavía tenían el valor de salir a protestar eran arrinconados en patios, golpeados y trasladados a la tristemente célebre prisión de la calle Okrestina, a las afueras de la ciudad. En los días siguientes llegaron los terribles relatos de maltrato de los que eran liberados.

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