Sergio Berni es un relato

    Antes que un hombre, un funcionario o un político, Sergio Berni es un relato. Es la narración permanente de sí mismo, es una novela de baja calidad que mezcla héroes y villanos con folletín. Es la caricatura de la “autonomía de la política” llevada al extremo y transformada en independencia absoluta del discurso. El politólogo Pablo Touzon escribió que Berni es tal vez “el único hijo ‘nuevo’ de esta Argentina 2020. La crisis policial terminó de comprobar el divorcio completo entre gestión y política, entre la performance y la idea de resultado” (1).

    Algo de “qué es Berni” se cifra en esa disociación: el viejo dicho “dime de qué presumes y te diré de qué careces” le calza como pocos al ministro de Seguridad bonaerense. Berni habla mucho sobre las cosas porque las cosas no pueden hablar por sí mismas. Mejor que hacer es decir, aunque los que hablan no saben y los que saben no hablan. Algo que para Berni no tiene importancia, porque en él se rompió el vínculo entre las palabras y las cosas. La imagen es todo, la sed y lo demás es nada. En su personaje hay algo de la parodia con la que Luca Prodan se burlaba de los punks argentinos: un pseudo punkito / con el acento finito / quiere hacerse el chico malo. Uno podría imaginar a Berni levantado a las 5 am, después de la ducha helada y los huevos crudos licuados, mirándose en el espejo y preguntándose quién es el más rudo del condado.

    No se trata de no registrar el carácter represivo de sus acciones, sino de observar los resultados medidos con su propia vara.