martes 17 de mayo de 2022
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Serguéi Lavrov, el mensajero de Putin

Hace casi dos décadas que la política exterior rusa tiene el mismo rostro: el de Serguéi Viktorovich Lavrov. Su corporeidad robusta y estética old style quedaron asociados a los años en los que Rusia amplió su capacidad militar, se probó en la guerra de Siria y finalmente, se lanzó a la invasión de Ucrania. Su propia vida sintetiza la transición entre la antigua potencia del «socialismo real» y el país actual, gobernado con mano de hierro por Vladímir Putin.

De padre georgiano con ancestros armenios y madre rusa, Lavrov nació en Moscú en 1950. En la biografía oficial que aparece en la página de internet del Ministerio de Asuntos Externos de Rusia se lo define como russky, lo cual resalta su origen étnico y cultural y no tanto su pertenencia legal, que es lo que expresaría el término rossianin, matiz que en castellano se pierde ya que ambas palabras se traducen como «ruso». Lavrov forma parte de lo que Alexei Yurchak bautizó como la «última generación soviética», aquella que creció convencida de que la Unión Soviética duraría para siempre y que, sin embargo, no se sorprendió cuando se disolvió casi de un día para otro. La entrada de Lavrov a la carrera diplomática comenzó, de hecho, en los días en los que Leonid Brezhnev se afirmaba en el poder y el petrificado socialismo tardío parecía navegar en las aguas del estancamiento. Luego de cumplir diversos roles diplomáticos, Vladímir Putin lo nombró, en 2004, Ministro de Asuntos Externos de la Federación Rusa. Desde entonces, permaneció en el cargo y se acercó lentamente al récord que ostenta el patriarca de las relaciones internacionales soviéticas, Andrey Gromiko, quien se mantuvo en su puesto durante más de 25 años.

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