Sexo, mentiras y abuso de poder en el cine nacional: recuerdos de una madrugada que me cambió la vida

Fue a mediados de la década del 90. Yo tenía 28 años y trabajaba como asistente de vestuario en la filmación de una película argentina. Estábamos rodando en un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, a orillas de un río al cual tampoco quiero nombrar. Vivíamos todos juntos –equipo técnico y actores – en un hotel de mala muerte, viejo y desvencijado, en el centro del pueblo. Yo compartía habitación con una de mis compañeras de trabajo. Una noche, a eso de las tres de la mañana y mientras dormíamos, irrumpieron en nuestra habitación dos hombres. Yo estaba tan dormida y confundida que en medio de la oscuridad no me di cuenta de lo que estaba pasando. Uno de ellos me agarró por la fuerza, me arrancó de entre las sábanas y me arrastró con brutalidad hasta un cuarto contiguo. Cerró la puerta con llave, me empujó sobre la cama y se tiró arriba mío.

Comenzó el forcejeo. Yo intenté defenderme mientras él intentaba violarme. Tenía mucha fuerza y me costaba moverme. No me olvido más de su olor. Olía mal, a alcohol, a transpiración, a cigarrillo. Me decía “Callate, pelotuda” y “Dale, qué te hacés, si no pasa nada”, pero yo gritaba “Dejame, dejame” y me defendía como podía mientras él intentaba sacarme el pijama y taparme la boca al mismo tiempo. Este forcejeo torpe y violento duró lo que me pareció una eternidad pero que deben haber sido tan sólo unos minutos. Y entonces en medio del silencio pueblerino, un perro comenzó a ladrar. Estábamos haciendo mucho ruido. Mi atacante se dio por vencido: alguien podía escucharnos. Me insultó, me soltó los brazos, se levantó, abrió la puerta y antes de salir me clavó los ojos con odio. En medio de la penumbra confirmé lo que ya sabía: que ese tipo violento que me había arrancado de la cama para violarme en mitad de la noche era uno los señores que ocupaba un muy alto cargo en la producción de la película, uno de los “jefes”.