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lunes 1 de marzo de 2021
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Si no hay humor, que no haya nada

Y un día me encontré pensando que mi libro preferido de todo el psicoanálisis es El chiste y su relación con lo inconsciente, de Sigmund Freud. El libro combina perfectamente las consideraciones teóricas acerca del chiste, de lo cómico y del humor -que no son estrictamente lo mismo-, con muchísimos chistes en general y chistes judíos en particular. Quizás habría que decir que “chiste judío” es una especie de pleonasmo. De modo tal que en la lectura no faltan las carcajadas. En ese sentido, el libro es absolutamente placentero y así resulta también un libro performático: hace lo que dice; como el chiste, produce una ganancia de placer. Porque de lo que se ocupa Freud es de mostrar cómo el chiste -Witz en alemán-, que es un fenómeno social -que incluye la ironía, la ocurrencia, la agudeza, el ingenio, etc.-, produce la disolución de las inhibiciones, la caída de esa autoridad del otro que aplasta y oprime; de cómo implica una resistencia al poder -he ahí su dimensión política-; de cómo con el chiste se puede hacer tope a la crueldad, esa crueldad ineluctable que emerge y circula, sin pudor y sin temblor, por todos lados (empezando por la crueldad del Superyo). En definitiva: la risa es la cifra del placer que se obtiene por el “gasto de inhibición ahorrado”. A la vez, se trata de “la recuperada risa infantil perdida”. Esa risa infantil que fue reprimida por la cultura y la educación. La risa: ese cateterismo que destapa todos los canales obturados por el deber ser, la civilidad y las buenas costumbres.

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