domingo 9 de diciembre

Si ya envías correos electrónicos como robot, ¿por qué no automatizar el proceso?

En 1996, Microsoft presentó Clippit, mejor conocido como Clippy, a los usuarios de Microsoft Office. La legendariamente molesta mascota-ayudante pasó los siguientes años apareciendo en los bordes de los documentos, parpadeando como tonta bajo sus cejas lascivas y escribiendo mensajes como: “Parece que estás escribiendo una carta”, hasta que la empresa lo eliminó en 2001, al reconocer oficialmente que fue un error. Los problemas de Clippy eran muchos: anunciaba su presencia a través de un avatar personificado para decirnos algo que ya sabíamos (o que debió haber sido evidente desde el principio) y después orgullosamente nos ofrecía pocas opciones para ayudar de verdad. Se sentaba, nos veía y no aprendía nada; además repetía siempre lo mismo. Decía demasiado y hacía muy poco.

Sin embargo, más de veinte años después, los descendientes de Clippy se están escondiendo en todas partes, adivinando qué intentamos hacer y ofreciendo ayuda. No obstante, sus sucesores están haciendo lo mejor que pueden para evitar los errores de Clippy. La mayoría no tiene rostro y, si hablan, lo hacen sin mostrarse y con una voz casi humana. Tienden a esperar a que les pidamos ayuda, en vez de decirnos lo que piensan sin que nadie les pregunte. Además, cuando sí ofrecen su ayuda, tienden a ser más sutiles, más precisos o ambos. Quizá tienen más cosas en común con los colegas más discretos de Clippy, como los correctores de ortografía y gramática, o el autocorrector, que se comunican a través de líneas rojas bajo las palabras o pequeñas acciones llevadas a cabo según suposiciones razonables (¿quién escribiría “bevé” a propósito?). Esas herramientas nos han seguido a nosotros y a nuestros torpes dedos hasta nuestros nuevos celulares, donde se han vuelto más asertivas y más útiles, pues nos corrigen y solo de vez en cuando necesitan que las corrijamos a ellas; además, se la pasan aprendiendo de todo esto.


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