Síndrome de Down: eternos aprendices en el arte de ser padres

Recuerdo cada detalle del parto agitado que lo trajo al mundo, a nuestras vidas, a la de mi adorada hija mayor, su hermana, a la de sus abuelos. Cómo no recordarlo todo si a partir de aquel 22 de marzo de 2000 yo me convertí en otra. Ese día, ese 22 de marzo, se rajó la tierra bajo mis pies.

Ahí estaban las miradas incómodas en la sala de partos, ese llanto inaugural que nunca ocurrió y que, lo supe después, era una de las tantas señales de que algo no andaba bien. Mi hijo no lloró en ese quirófano, pero todos los que lo recibimos en este mundo lloramos días enteros.


No vale la pena ahora contar que el obstetra que atendió el parto de Lucio tenía también una hija con síndrome de Down; que abandonó la sala en el mismo momento en el que depositó al niño en los brazos de la partera y que sólo reapareció varios días después para decirme -eran tiempos de convertibilidad- que «éstos son chicos que cuestan unos mil dólares al mes».