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sábado 23 de octubre de 2021
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Sobre ampliar nuestro vocabulario de olores y las ventajas evolutivas que conlleva

Desde el punto de vista lingüístico existen relativamente pocas palabras dedicadas exclusivamente a la descripción de aromas. Cuando tratamos de describir un aroma echamos mano del vocabulario del gusto (algo huele “dulce”, por ejemplo) o una metáfora táctil, como cuando decimos que hay ciertos olores que “irritan” la garganta. Fuera de las jergas especializadas, como las de los chefs o catadores de vino (que suelen echar mano también de metáforas y figuras de dicción para construir una imagen verbal de una sensación olfativa), no cabe duda que utilizamos mucho menos el olfato comparado con otros sentidos para describir nuestro mundo, a pesar de que las sensaciones olfativas (por ejemplo, el olor del ser amado o un camión lleno de basura apestosa) nos golpeen con tanta contundencia y despierten en nosotros tantas emociones.

A pesar de que la filosofía y fisiología, de los griegos a la Ilustración, ha enfatizado la función relativamente secundaria del olfato con respecto a la vista o el oído, es posible que este lugar común (el que dice que nombrar olores es difícil) sea propio de culturas occidentales y del desarrollo de las lenguas en este hemisferio. Desde el punto de vista lingüístico existen relativamente pocas palabras dedicadas exclusivamente a la descripción de aromas, y en español, generalmente tienen relación con la fuente del olor (como humo, pasto o lluvia). Pero no en todas las culturas prevalecen las metáforas visuales sobre las olfativas.

Existen dos pueblos en el sudeste asiático que han desarrollado más que ninguno otro un vocabulario autóctono para la nariz; se trata de pueblos de cazadores-recolectores, los jahai de Malasia y los maniq de Tailandia, cuyos vocabularios integran entre 12 y 15 palabras reservadas para estímulos olfativos. El descubrimiento y de esta aparente peculiaridad lingüística llevó a los investigadores Asifa Majid de la Radboud University de Holanda, y a sus colegas Niclas Burenhultb y Ewelina Wnuk, a estudiar las implicaciones evolutivas del olfato.

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